"Las consecuencias son inevitables
el vértigo es la perfección de la belleza,
el invierno es peor que la primavera
y el verano lo mejor e incuestionable"

lunes, 26 de febrero de 2018

El recolector de sueños


El recolector de sueños

Eran alrededor de las once de la noche, y como todos los días; me iba a cepillar los dientes. Una tarea que acostumbro desde niña pues mi madre siempre inculcó en mí buenos hábitos como éste. Era una noche particularmente fría, era normal que en ésta época del año hiciera frío sin embargo, el lugar en el que vivía no se caracterizaba por sus bajas temperaturas, sino al contrario, casi siempre daba de qué hablar por los intensos calores que le azotaban. Tenía todas las intenciones de quedarme en cama, totalmente calientita y en pijama, pero un remordimiento espantoso y el sabor de la merienda hicieron que lavarme la boca fuera la tarea con mayor privilegio en el momento. Debo añadir que el baño de la casa quedaba hasta el fondo del patio trasero, después de haber atravesado por un camino extenso pavimentado, con plantas alrededor y poca luz, y para llegar a él, tenía que bajar desde mi habitación, atravesar el patio delantero, adentrarme al primer piso, atravesar la sala, la cocina y después salir al enorme patio trasero. Sin duda, un escenario poco apetecible.
Decidí dar el primer paso, así que me quité las cobijas de encima y dejé a un lado mi celular con los audífonos puestos; estaba escuchando un vídeo de relajación lo que empeoraba mi estado actual pues, el sueño estaba a punto de vencerme. Normalmente hubiese decidido ir al lavabo con todo y audífonos puestos pero esa noche fue la excepción, puesto que mi teléfono estaba con poca batería y necesitaba ser conectado urgentemente o moriría en el trayecto y no podría terminar de escuchar mi vídeo.  Resignada a todo, me senté en la cama y me puse mis pantuflas de conejito. Decidí no llevar suéter a parte de mi pijama pues en mi cuarto el frío era soportable, sin embargo, al salir de mi habitación cambié totalmente de opinión. No me caracterizo por ser una chica muy activa, tanto que algunas veces he preferido pasarla mal con tal de acabar pronto lo que esté haciendo y bueno, aquella vez no fue diferente. Me armé de valor, y aun con todo el frío que sentía decidí que si no era ahora, no iba a ser nunca.
Di los primeros pasos bajando la escalera, en realidad era una noche fría de lo feo y definitivamente no iba preparada. Totalmente decidida deje de pensar y baje lo más rápido que pude, casi me daba un calambre en la pierna pues como ya lo dije antes, no iba preparada para aquella batalla, pero el deber de la higiene podía con todo, incluso con el escozor horrible que penetró mis fosas nasales al abrir la puerta de la habitación. En el lugar eran habituales los olores desagradables, pero ese sin duda era particular. Era como oler un zorrillo en estado de putrefacción, pero aún desprendiendo su peculiar olor. Por un momento sentí que la cabeza me daba vueltas y pensé en abortar mi misión, sin embargo, el maloliente clima disminuyó un poco debido a una ráfaga de viento. Pensé que si tenía suerte, el olor desaparecería poco a poco y no se me quedaría impregnado en la pijama, pero con forme avanzaba, mi perfecto plan se desvanecía. Tuve que acelerar el paso para poder llegar a la primera planta y cerrar la puerta tras de mí pues el olor se acentuaba nuevamente. No tenía idea de qué lo ocasionaba, pero fuera lo que fuera esperaba que desapareciera pronto. Al adentrarme en la sala no podía ver ni siquiera mi propia mano en frente de mí, quería prender una de las luces pero recordé que a mis padres no les gustaba que anduviera “a altas horas de la noche” merodeando por la casa, pues ellos dormían en la planta baja y les perturbaba el sueño. No me quedaba más que aventurarme a caminar a oscuras y desear no chocar con nada que pudiera hacerme daño… o de lo contrario, yo a “esa pobre cosa”. Para mi fortuna, solo salió herido mi codo al chocar con una silla mal acomodada, pero minuciosamente rescatada con tal de no hacer mayor ruido más que mi incontrolable quejido. Cuando mi vista se acostumbró un poco a la penumbra de la oscuridad, pude hallar con éxito la entrada a la cocina. No es como que la casa fuese particularmente grande pero en completa opacidad era difícil ubicarse incluso conociendo el lugar. Atravesé la cocina ya con un poco más de confianza y menos dificultad, el frío dentro de la casa disminuía considerablemente y me hacía sentir cansada de nuevo. Incluso, por poco olvidaba el mal olor que hacía solo unos minutos me había perturbado cada sentido.
Al estar en frente de la puerta que daba al patio trasero, me pregunté si habiendo llegado tan lejos era razonable dejar todo y volver a los brazos de Morfeo pues, algo detrás de la puerta hacía que todo lo que deseara fuera volver. Sin embargo, mi sentido de la responsabilidad y sobre todo la frustración de haber caminado hasta ahí sin ningún objetivo  me hicieron dar el último paso. Prendí la luz del patio aún estando dentro de la casa; se veía realmente tenebroso y poco apetecible. Normalmente no le habría prestado atención a detalles como que el único foco que funcionaba era el último, justo en frente del baño habiendo atravesado el largo camino de por medio y que éste fuera de una débil luz blanquecina que no alumbraba más allá de lo esperado, pero esa noche era diferente.
Pensé en alguna razón que fuera lo debidamente razonable para pasar por alto mi inquietud al pensar en salir allá afuera, algo por lo que debería ignorar la corazonada y todo lo que me decía que era preferible regresar en ese instante a mi habitación, que aún estaba a tiempo para escapar de ahí de lo que fuera que no quería que yo estuviera en el patio trasero en ese momento, o de aquello que con desagrado me decía que me fuera, que le perturbaba la estancia y que era evidente que yo le desagradaba con el simple hecho de estar ahí parada, frente a esa puerta, pero… nada se me ocurrió. A pesar de saber aquello, mi cuerpo se movió inconsciente. Mis manos tocaron la puerta y abrieron de ella poco a poco, mis ojos no dejaban de ver esa luz blanca que escasamente iluminaba, y mis oídos, ensordecidos por el espectral viento que decidió abalanzarse sobre mi cara justo en el momento en el que quedé completamente expuesta a la inmensidad de aquel patio, sin la protección de la puerta ni nada, escucharon un chillido aterrador. No era el llanto de un animal, mucho menos de un bebé, sino que era algo mucho más escabroso, algo como lo que no había oído antes y, en seguida ese fétido olor apareció de nuevo. El ambiente en ese instante era tan denso que ni siquiera me di cuenta de cuándo fue que caminé hacía el patio, ni siquiera me di cuenta del momento en el que la escasa luz se apagó por completo y el momento en el que dejé de sentir como el frío calaba hasta los huesos, todo se volvió confuso y en un instante lo vi. Aquella cosa de la que se desprendía ese horrible olor, la que soltaba ese chillido tan agudo, el que resonaba en toda la colonia pero que al parecer nadie notaba… “Eso”, que se apoderaba de la penumbra de la noche y la hacía palpable estaba ahí, parado sobre el techo de la casa de mis vecinos, “mirando” hacía donde yo estaba, con esos horribles agujeros donde debería haber un par de ojos sobre su cara, como buscando, tratando de saber qué es lo que estaba ahí perturbando su soledad.
Mi corazón se congeló cuando esa cosa se comenzó a mover, pensé que quizá iría por mí y que algo atroz sucedería, pero en lugar de eso dio media vuelta y comenzó a saltar por encima de los techos de forma lenta y precisa. En ese momento pude ver que cargaba un costal sobre lo que denominaría “su espalda”, era un saco viejo y de gran tamaño, con unas manchas que parecían ser de un líquido oscuro y un agujero de tamaño mediano en la parte alta del mismo, agujero por el cual pude ver como unas pequeñas manitas se asomaban.
A la mañana siguiente mi mamá me despertó con una noticia impactante; el pequeño bebé de la vecina había sido hallado muerto en el canal de la colonia. Al parecer, fue una muerte grotesca, pues los órganos del pequeño estaban completamente secos, como si lo hubiesen succionado, como si se hubiesen alimentado de la vida del pobre pequeño. Todos estaban completamente horrorizados por aquella muerte tan brutal pensando en que posiblemente se tratara de un asesino en serie o algo por el estilo, algo que seguiría atacando a más personas, a más niños. Y es que “no le había bastado con prácticamente deshacer los intestinos del pequeño, sino que también le había quitado los ojos”; escuché como mi mamá descargaba toda su repulsión y preocupación en la plática por teléfono con mi abuela.

Miu K.