El recolector de sueños
Eran alrededor de las once de la noche, y como todos los
días; me iba a cepillar los dientes. Una tarea que acostumbro desde niña pues
mi madre siempre inculcó en mí buenos hábitos como éste. Era una noche
particularmente fría, era normal que en ésta época del año hiciera frío sin
embargo, el lugar en el que vivía no se caracterizaba por sus bajas
temperaturas, sino al contrario, casi siempre daba de qué hablar por los
intensos calores que le azotaban. Tenía todas las intenciones de quedarme en
cama, totalmente calientita y en pijama, pero un remordimiento espantoso y el
sabor de la merienda hicieron que lavarme la boca fuera la tarea con mayor
privilegio en el momento. Debo añadir que el baño de la casa quedaba hasta el
fondo del patio trasero, después de haber atravesado por un camino extenso
pavimentado, con plantas alrededor y poca luz, y para llegar a él, tenía que
bajar desde mi habitación, atravesar el patio delantero, adentrarme al primer
piso, atravesar la sala, la cocina y después salir al enorme patio trasero. Sin
duda, un escenario poco apetecible.
Decidí dar el primer paso, así que me quité las cobijas de
encima y dejé a un lado mi celular con los audífonos puestos; estaba escuchando
un vídeo de relajación lo que empeoraba mi estado actual pues, el sueño estaba
a punto de vencerme. Normalmente hubiese decidido ir al lavabo con todo y
audífonos puestos pero esa noche fue la excepción, puesto que mi teléfono
estaba con poca batería y necesitaba ser conectado urgentemente o moriría en el
trayecto y no podría terminar de escuchar mi vídeo. Resignada a todo, me senté en la cama y me
puse mis pantuflas de conejito. Decidí no llevar suéter a parte de mi pijama
pues en mi cuarto el frío era soportable, sin embargo, al salir de mi
habitación cambié totalmente de opinión. No me caracterizo por ser una chica
muy activa, tanto que algunas veces he preferido pasarla mal con tal de acabar
pronto lo que esté haciendo y bueno, aquella vez no fue diferente. Me armé de
valor, y aun con todo el frío que sentía decidí que si no era ahora, no iba a
ser nunca.
Di los primeros pasos bajando la escalera, en realidad era
una noche fría de lo feo y definitivamente no iba preparada. Totalmente
decidida deje de pensar y baje lo más rápido que pude, casi me daba un calambre
en la pierna pues como ya lo dije antes, no iba preparada para aquella batalla,
pero el deber de la higiene podía con todo, incluso con el escozor horrible que
penetró mis fosas nasales al abrir la puerta de la habitación. En el lugar eran
habituales los olores desagradables, pero ese sin duda era particular. Era como
oler un zorrillo en estado de putrefacción, pero aún desprendiendo su peculiar
olor. Por un momento sentí que la cabeza me daba vueltas y pensé en abortar mi
misión, sin embargo, el maloliente clima disminuyó un poco debido a una ráfaga
de viento. Pensé que si tenía suerte, el olor desaparecería poco a poco y no se
me quedaría impregnado en la pijama, pero con forme avanzaba, mi perfecto plan
se desvanecía. Tuve que acelerar el paso para poder llegar a la primera planta
y cerrar la puerta tras de mí pues el olor se acentuaba nuevamente. No tenía
idea de qué lo ocasionaba, pero fuera lo que fuera esperaba que desapareciera
pronto. Al adentrarme en la sala no podía ver ni siquiera mi propia mano en frente
de mí, quería prender una de las luces pero recordé que a mis padres no les
gustaba que anduviera “a altas horas de la noche” merodeando por la casa, pues
ellos dormían en la planta baja y les perturbaba el sueño. No me quedaba más
que aventurarme a caminar a oscuras y desear no chocar con nada que pudiera
hacerme daño… o de lo contrario, yo a “esa pobre cosa”. Para mi fortuna, solo
salió herido mi codo al chocar con una silla mal acomodada, pero minuciosamente
rescatada con tal de no hacer mayor ruido más que mi incontrolable quejido.
Cuando mi vista se acostumbró un poco a la penumbra de la oscuridad, pude
hallar con éxito la entrada a la cocina. No es como que la casa fuese
particularmente grande pero en completa opacidad era difícil ubicarse incluso
conociendo el lugar. Atravesé la cocina ya con un poco más de confianza y menos
dificultad, el frío dentro de la casa disminuía considerablemente y me hacía sentir
cansada de nuevo. Incluso, por poco olvidaba el mal olor que hacía solo unos
minutos me había perturbado cada sentido.
Al estar en frente de la puerta que daba al patio trasero, me
pregunté si habiendo llegado tan lejos era razonable dejar todo y volver a los
brazos de Morfeo pues, algo detrás de la puerta hacía que todo lo que deseara
fuera volver. Sin embargo, mi sentido de la responsabilidad y sobre todo la
frustración de haber caminado hasta ahí sin ningún objetivo me hicieron dar el último paso. Prendí la luz
del patio aún estando dentro de la casa; se veía realmente tenebroso y poco
apetecible. Normalmente no le habría prestado atención a detalles como que el
único foco que funcionaba era el último, justo en frente del baño habiendo
atravesado el largo camino de por medio y que éste fuera de una débil luz
blanquecina que no alumbraba más allá de lo esperado, pero esa noche era
diferente.
Pensé en alguna razón que fuera lo debidamente razonable para
pasar por alto mi inquietud al pensar en salir allá afuera, algo por lo que
debería ignorar la corazonada y todo lo que me decía que era preferible
regresar en ese instante a mi habitación, que aún estaba a tiempo para escapar
de ahí de lo que fuera que no quería que yo estuviera en el patio trasero en
ese momento, o de aquello que con desagrado me decía que me fuera, que le
perturbaba la estancia y que era evidente que yo le desagradaba con el simple
hecho de estar ahí parada, frente a esa puerta, pero… nada se me ocurrió. A
pesar de saber aquello, mi cuerpo se movió inconsciente. Mis manos tocaron la
puerta y abrieron de ella poco a poco, mis ojos no dejaban de ver esa luz
blanca que escasamente iluminaba, y mis oídos, ensordecidos por el espectral
viento que decidió abalanzarse sobre mi cara justo en el momento en el que
quedé completamente expuesta a la inmensidad de aquel patio, sin la protección
de la puerta ni nada, escucharon un chillido aterrador. No era el llanto de un
animal, mucho menos de un bebé, sino que era algo mucho más escabroso, algo como
lo que no había oído antes y, en seguida ese fétido olor apareció de nuevo. El
ambiente en ese instante era tan denso que ni siquiera me di cuenta de cuándo
fue que caminé hacía el patio, ni siquiera me di cuenta del momento en el que
la escasa luz se apagó por completo y el momento en el que dejé de sentir como
el frío calaba hasta los huesos, todo se volvió confuso y en un instante lo vi.
Aquella cosa de la que se desprendía ese horrible olor, la que soltaba ese
chillido tan agudo, el que resonaba en toda la colonia pero que al parecer
nadie notaba… “Eso”, que se apoderaba de la penumbra de la noche y la hacía
palpable estaba ahí, parado sobre el techo de la casa de mis vecinos, “mirando”
hacía donde yo estaba, con esos horribles agujeros donde debería haber un par
de ojos sobre su cara, como buscando, tratando de saber qué es lo que estaba
ahí perturbando su soledad.
Mi corazón se congeló cuando esa cosa se comenzó a mover,
pensé que quizá iría por mí y que algo atroz sucedería, pero en lugar de eso
dio media vuelta y comenzó a saltar por encima de los techos de forma lenta y
precisa. En ese momento pude ver que cargaba un costal sobre lo que denominaría
“su espalda”, era un saco viejo y de gran tamaño, con unas manchas que parecían
ser de un líquido oscuro y un agujero de tamaño mediano en la parte alta del
mismo, agujero por el cual pude ver como unas pequeñas manitas se asomaban.
A la mañana siguiente mi mamá me despertó con una noticia
impactante; el pequeño bebé de la vecina había sido hallado muerto en el canal
de la colonia. Al parecer, fue una muerte grotesca, pues los órganos del
pequeño estaban completamente secos, como si lo hubiesen succionado, como si se
hubiesen alimentado de la vida del pobre pequeño. Todos estaban completamente
horrorizados por aquella muerte tan brutal pensando en que posiblemente se
tratara de un asesino en serie o algo por el estilo, algo que seguiría atacando
a más personas, a más niños. Y es que “no le había bastado con prácticamente
deshacer los intestinos del pequeño, sino que también le había quitado los
ojos”; escuché como mi mamá descargaba toda su repulsión y preocupación en la
plática por teléfono con mi abuela.
Miu K.