Había una vez una loca que quería un poco de acción en su
vida, y para su buena suerte ese día era uno en el que la tripa no la dejaba en
paz por nada.
Salió de su casa, una bastante ostentosa increíblemente casa
de dos pisos. La muy desgraciada vivía bastante bien para su muy buena suerte.
Se dirigió al
supermercado que estaba a unas tres cuadras del mercado de pulgas y a unas dos
de la peluquería. No sabía si ir caminando o irse en su muy lindo carro
deportivo, uno que se había ganado por su irremediable buen comportamiento
frente a todos. Al final decidió caminar, así se ayudaría a cuidar esas
hermosas pompas de las cuales estaba orgullosa.
Caminó y caminó durante cuadras enteras, viendo en su camino
diversas situaciones que realmente le parecían divertidas, cosa bastante común
en su muy buen sentido del humor. Vio como un perro trataba de romper unas
pantaletas, quién sabe quien fuera la dueña pero la “muy” ya se había quedado
descalzonada. Luego vio como un hombre trataba de meterse a una casa por la
ventana; seguramente sería un pobre al cual se le olvidaron las llaves o mejor
aún, uno al cual han decidido abandonar poniendo así, alguna orden de
restricción en su contra, unas cuantas demandas, bastante dinero y finalmente
dos o tres malas jugadas. Se dio cuenta que estaba en lo correcto cuando (ya
habiendo pasado por allí hace dos o tres minutos quizá) se escucharon unos
disparos provenientes de aquella bonita casa en donde había visto antes al
hombre tratar de entrar. Pobre, mejor hubiera sido amordazarlos y luego, de una
forma muy silenciosa, cortar todas sus extremidades. Así se ahorraría todos los
cotillas que llegarían gracias al sonido causado por el arma.
Siguió su camino sin detenerse, su hambre en verdad la estaba
matando así que definitivamente apresuraría su paso.
Cuando llegó al supermercado lo primero que pensó fueron
“melones”, sí, estaba absolutamente segura de que quería melones. Le encantaban
los melones, su maravillosa textura rugosa, su jugosidad, el sonido que causaba
en su boca cada que mordía uno… todo. Le recordaba un muy buen pedazo de carne,
uno muy jugoso y grande, delicioso. Ya se imaginaba sus dientes clavándose en
la carne del melón, saboreando todos sus jugos, cada partecita del fruto… cada partecita, sí, eso. Ya quería un poco de
ella, de esa carne deliciosa, rica, sabrosa.
Estaba a punto de llegar a sus preciados melones, pero unos
paraguas lindos de colores obtuvieron su atención propagando su objetivo
principal. Eran unos hermosos paraguas, todos grandes y de colores brillantes.
Uno en especial llamó su atención, era uno color lila con el mango negro,
bastante grande y con una punta muy afilada. Sí, ese era su paraguas, era como
sí lo hubieran hecho justo para ella de entre tantas personas en el mundo. Se
lo llevaría, sería suyo y comenzarían una serie de eventos maravillosos que las
unirían aún más; serían felices por el resto de sus vidas y ella luciría bonita
siempre a lado de su paraguas súper despampanante. Serían la envidia de todas
las viejas cotillas de la región… sí, definitivamente se lo llevaría.
Estaba a punto de tomarlo cuando de reojo vio a una pareja
abrazarse y darse mimos. Le gustaron, eran dos chicos de unos 22 años cada uno,
bien vestidos y bastante apuestos. Los quería. Ella los quería definitivamente.
La pareja se alejo dirigiéndose a las cajas a pagar el
producto que uno de ellos llevaba en manos, era un blanqueador. Ella suponía
que apenas comenzaban a vivir juntos y que por error uno de ellos había puesto
a lavar la ropa de color con la ropa blanca, habían tenido una pequeña
discusión por ello pero su pasión era mucho más grande que en seguida uno le
había perdonado al otro, así que se habían reconciliado, teniendo como
consecuencia una noche bastante ajetreada y unos vecinos bastante molestos.
Ahora sólo vendrían por el blanqueador para tratar de reparar las prendas
dañadas y unas cuantas más.
Decidió seguirlos. Los chicos salieron de la tienda con
producto en mano y se dirigieron al estacionamiento. Se montaron en el carro
más bonito que hubiera visto antes. El carro comenzó a andar y ella igual, iba
corriendo detrás ellos sin ser tan ruidosa ni tan ostentosa. La adrenalina le
subió y se sintió dichosa por haber decidido salir ese día, de lo contrario
nunca hubiera encontrado a ese par tan lindo.
Al final no la notaron y llegaron pronto a la casa de ambos
para su muy buena suerte. Decidió esperar a un lado, detrás de un árbol, a ver
como es que se desarrollaba la situación. Estuvo así por más de cuatro horas,
simplemente observando, grabándose cada detalle y maquinando algo a lo grande.
No supo durante cuanto tiempo estuvo allí ni aún cuando el
clima cambió y le dio tremenda mojada. Para su muy buena suerte había una
tienda de disfraces a unas dos o quizá tres casas de allí. Se adentró en la
tienda y lo primero que vio fue un traje de monja bello bellísimo. Lo quería,
ella definitivamente lo quería. Se lo midió y le quedaba como anillo al dedo,
tal y como ella pensaba. Estaba hechos la una para el otro.
Salió de la tienda con el traje puesto ya un poco manchado,
pero para su muy buena suerte era ya un poco tarde y nadie lo notaría. Se
sentía bastante bien, muy cómoda y fresquilla; entonces se le ocurrió una idea.
Caminó con paso firme a la casa de la pareja bonita, toco el
timbre y uno de ellos salió ya empijamado, ya medio dormido. Le dijo que era
Sor Periana y que quería charlar un ratillo con ellos. El muchacho se
sorprendió un poco y se mostro desconfiado cuando la mujer le pidió entrar. Al
negarle el paso, ella se altero un poco, solo un poquito haciendo que bajara el
otro chico a ver que era lo que sucedía. Ella ya medio dopada, ya medio
excitada le dijo que era una simple monja que quería evangelizarlos, pero él
también se mostró desconfiado. Sin más remedio los metió a la fuerza mostrándoles
su muy afilado desollador, siempre lo llevaba consigo puesto que nunca le
fallaba.
Cerró la puerta bien asegurada y luego los amordazó. Los
observó durante un rato y a la muy infeliz se le dibujo una sonrisa bastante
socarrona. Sacó una cámara de quien sabe donde y comenzó a grabar.
- Quiero que hagan un
vídeo para mí.- dijo sin más. La malicia se reflejaba con cada respiro que
daba.
- Quiero que hagan un
BDSM*. Quiero que lo hagan ahora.- Sentenció.
Los chicos sin más aceptaron. No querían discutir con una
maldita loca sexualmente reprimida, o al menos eso querían pensar.
A la mañana siguiente o quizá dos o tres días después salió
bastante feliz, bastante complacida de la casa de Tom y Bill, y es que así se
llamaban esa linda pareja de novios, lo había descubierto.
Pasó de regreso a su casa por la tienda de disfraces de
antes, ya no estaba abierta, ahora sólo había unas feas manchas rojas. Que
terrible, que atrocidad, ¿quién sería capaz?
“Espero se divirtieran
al menos”.- Pensó.
Siguiendo su camino se acordó que aún no había comido nada y
la tripa le volvió a reclamar. Volteó a un lado y vio como un heladero andaba
por las calles sin mucha clientela a su alrededor. Se relamió los labios y
decidió acercarse. Le prometió un muy buen polvo y se lo llevó a un lugar
apartadito con todo y carrito, no importaba que fuese allí, al final iba a
tener como llevarlo todo congelado y con sabor a fresa.
Al fin iba a comer, al fin su boca iba a volver a probar la
deliciosa carne, fresca y jugosa carne para su muy buena suerte.
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Fin.